El Lugar de los Instintos en la Ecopsicoterapia (VI Congreso)

Instintos

“…el comportamiento que es en su curso natural resulta, en cierto sentido divino. Trasciende el yugo humano de los propósitos: es impersonal, objetivo e inexorable.”

James Hillman

 

La Ecopsicología sostiene que hay una interacción sinérgica entre el bienestar planetario y el bienestar personal. En esta ecuación, el estado planetario influye en el del ser humano, y cada individuo impacta para bien o para mal en el planeta. Comprender entonces que significa estado de bienestar es de vital importancia para nuestra disciplina. Encontrarlo y sostenerlo no es sencillo ya que es tan dinámico como la vida misma, tan escurridizo como el agua, tan dependiente de factores externos, y a la vez abrumadoramente ligado a factores internos inconscientes, que parece imposible de alcanzar y luego de sostener.  

La brecha impuesta por la civilización occidental entre ser humano y naturaleza exterior es visible, pero se manifiesta de manera inconsciente con respecto a nuestra naturaleza interior. Esta brecha se ha generado bajo los efectos de la represión, la cual ha sido aplicada tanto violenta como sutilmente con el propósito de ejercer control sobre la humanidad, y ahora cada individuo la ejerce sobre sí mismo, por lo general inconscientemente. Al ser inconsciente se torna en un mecanismo de defensa peligroso, ya que la consciencia pierde contacto con los contenidos reprimidos, los cuales afloran al exterior sin control, generando un efecto de contaminación. A fin de restablecer y sostener nuestro estado de bienestar es necesario desreprimir y reconocernos naturaleza, dando lugar a la Biofilia como amor innato a la vida, pero t aplicada a lo humano y no solamente a la naturaleza exterior. ¿Qué entenderemos por naturaleza humana a los efectos de este trabajo?: nuestro aspecto instintivo (instintos de conservación, sexual y tanatológico). 

En estas últimas décadas hemos estado participando del movimiento de revalorización de todo lo natural: el activismo aborda todos los niveles de las problemáticas mundiales, la educación ambiental se encuentra dentro de la oferta educativa, las construcciones se plantean desde un comienzo con una visión sostenible, utilizando energías renovables, etc. Sin embargo, a pesar de todas estas propuestas, prestar atención a nuestra naturaleza sigue siendo una cuenta pendiente para muchos, incluso para quienes participan de la propuesta sostenible. Esta Resistencia tiene una explicación: durante los siglos de represión llevada adelante por la cultura judeo-cristiana, se nos ha impuesto que nuestro mundo instintivo innato es peligroso, indeseable y “malo”, por lo tanto debe ser reprimido o suprimido, “elevado” hacia lo que está “bien”, “negando” de nuestra consciencia  todo “lo oscuro” para llevarlo hacia “la luz”. 

Movidos por esta imposición, a lo largo de los siglos el ser humano ha buscado separarse de los aspectos “oscuros” o instintivos de la personalidad para orientarse casi obsesivamente hacia los aspectos considerados “luminosos” por nuestra cultura. De la misma forma nos hemos manejado con la noche en sí misma, creando una civilización que enciende la luz para no estar a oscuras, con los gigantescos costos ambientales que provoca la producción de corriente eléctrica y toda la destrucción de espacios naturales que ello conlleva.

Así podemos comprender cómo nuestras fijaciones psicológicas colectivas pueden alterar el equilibrio ecológico de todo un planeta, entendiendo que la ecopsicoterapia puede constituirse como una clave en la labor de reorientarnos hacia enfrentar lo que culturalmente hemos estado evitando al encender la luz. El temor a la oscuridad es aceptable cuando somos niños de 8 o 9 años, pero seguir evitando enfrentar este temor se convierte en una falta ética cuando somos adultos responsables de construir una forma de vida. Es necesario desconstruir la imagen perfeccionista e inalcanzable que la cultura judeo-cristiana patriarcal nos ha impuesto y que hemos llevado a extremos incompatibles con lo vivo, para construir una imagen más integrada de nosotros mismos, acorde por supuesto a la estructura de personalidad que hemos logrado alcanzar durante nuestro desarrollo. Este es un trabajo urgente si deseamos dar pasos en revertir la devastación ecológica que comienza por la fijación por la luz en todos sus sentidos, y continúa más allá.

Ahora veremos la relación entre el bienestar y la integración de los instintos. Es común recibir en el consultorio pacientes adaptados a las demandas de lo cultural pero desvitalizados, centrados en el “deber ser”, y que creen que si llevan sus deseos a la acción, o sea, lo que su mundo instintivo impulsa, serán catalogados de “egoístas” y “malos”. El control de la consciencia moral tiene un papel preponderante en este aspecto. Siendo el Deber Ser la principal fuente de reconocimiento social, nuestra cultura actual tiene asegurado, a través de inconscientes pero bien manejados mecanismos, que para el individuo su mayor satisfacción será consumir, con el consecuente costo ambiental. 

La idea de liberarse de las imposiciones del “deber ser” de la cultura puede ser atractiva y seductora al comienzo de un proceso terapéutico, pero finalmente la persona se encuentra con diferentes niveles de profundidad en esta búsqueda, y al igual que al pelar las capas de la cebolla, necesitará trabajar con lágrimas en los ojos para llegar al centro de un bienestar sostenible y equilibrado. Ya comprendimos la importancia de que el ser humano pueda volver a valorar su propia “oscuridad” para dar lugar a la oscuridad de la noche, así como a la del vientre materno del que todos vinimos, o donde se desarrolla el acto sagrado que luego nos da la vida, y finalmente la oscuridad a la que volvemos luego de haberla transitado, tanto para reflexionar como para nuestro descanso final.

La primera emoción que sobreviene a encontrarse con algo largamente evitado y reprimido es el miedo. Hoy contamos con una muy bien armada maquinaria de “información” que confirma este temor, formando una barrera casi infranqueable de control externo sobre nuestra psique. Los ecopsicólogos nos especializamos en operar básicamente en tres niveles: el deseo de cambio, la resistencia al cambio (mecanismos de defensa) y el inconsciente (personal, colectivo y ecológico). Mantenemos nuestro foco en la desconstrucción del ego limitante para gestar un ego ecológico, manteniendo siempre la mirada sobre el inconsciente ecológico a fin de encontrar nuevos recursos y contenidos, a donde a partir de tanta represión han ido a parar nuestros instintos. El miedo marca el ritmo de trabajo, ya que será respetado como parte del instinto que apunta a la preservación de la especie.

Los instintos no son la panacea universal ni la fuente de nuestras desgracias. Simplemente son nuestra naturaleza, nuestra animalidad, y sobre todo, nuestra vitalidad. Pero por supuesto, no vamos a darles rienda suelta y exponernos a su expresión así sin más. Deseamos integrarlos a nuestra vida, dejándonos movilizar por ellos de una forma que podamos sostener, según nuestra estructura de personalidad, pero a través de un proceso generador de salud. Insisto en este punto que los psicólogos sabemos que esta desconstrucción y posterior construcción será diferente para cada estructura de personalidad, y también para cada etapa de la vida. 

Vayamos a un ejemplo de trabajo bien conocido por la psicoterapia gestáltica: el abordaje de la energía de la agresividad, que a diferencia de la violencia es el principal sostén del instinto de conservación. Desde esta perspectiva, la agresividad es una energía innata, vinculada al sistema digestivo. Aunque ya no lo hagamos con nuestras propias manos, para comer debemos tomar la vida de plantas y animales, desgarrar, romper y someter a la acción del fuego. Luego nuestro cuerpo se ocupará de masticar, tratar con ácidos, incorporar y eliminar. Todas estas acciones son parte del proceso de alimentarnos, y también son componentes de la agresividad natural que todos los seres humanos tenemos. Durante el proceso de socialización de los niños pequeños se suele recurrir a la imposición de la autoridad a través del miedo y el castigo, ante lo cual el niño aprende a reprimir deseos, enojos, reclamos, etc. El individuo traslada sin consciencia estos mecanismos hasta la vida adulta, y luego tenemos personas que dicen no enojarse pero sufren de gastritis, o manejan su enojo con el uso del sarcasmo o peor aún viven parados en la impotencia hasta que un día explotan en un arranque de furia que nadie comprende. La psicoterapia gestáltica realiza un impecable trabajo de integración vivencial de la energía de la agresividad reprimida. En primer lugar observa cómo cada individuo ha elaborado sus mecanismos de defensa para adaptarse al medio en que le tocó vivir. A continuación dará lugar a que los contenidos que quedaron detrás puedan ser integrados. El enojo trae consigo toda la posibilidad de cambio, ya que la agresividad es la materia prima para la Determinación. Este valor llevado a su expresión más sutil, nos permite decir que si o que no, en suma, nos posibilita elegir.

Tenemos así un buen ejemplo de rehabilitación del instinto de preservación, pero pregunto: ¿Qué sucede cuando orientamos nuestra mirada al instinto sexual? De todo nuestro bagaje instintivo, la sexualidad es el de mayor objeto de represión La psicología ha planteado el problema y ha teorizado la resolución, pero aún no ha encontrado un camino vivencial sin caer en riesgos psíquicos. La represión ejercida sobre la sexualidad ha llegado a tal extremo que seguimos experimentándola, ahora desde el polo opuesto de su movimiento pendular: la normalización de la pornografía y lo perverso. Desde otro ángulo, cada vez más el instinto sexual se materializa en conductas sociales de poder, pudiendo verse múltiples manifestaciones de este hecho principalmente en la permanente amenaza de destrucción planetaria.

Según James Hillman, Jung describe en su obra dos extremos del comportamiento instintivo: por un lado lo compulsivo y por otro lado lo arquetípico (imágenes universales). El autor dice que la compulsión puede ser modificada a través de la imaginación, y trabajando en la imaginación participamos de la naturaleza. Por supuesto no hablamos de cualquier tipo de imaginación. La imaginación como forma de evasión a la realidad no es lo que buscamos aquí, ya que los instintos, y particularmente la sexualidad, se encuentran enraizados en el cuerpo.

La sexualidad es la energía más poderosa de nuestro planeta, la que posibilita la vida en todas sus manifestaciones. La maravilla del proceso sutil de la polinización es fuente de gran preocupación en los tiempos actuales, porque estamos viendo morir de a miles a sus obreras, las abejas, órgano sexual del planeta. Entonces también podemos preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo los seres humanos para recuperar lo sutil de nuestra relación con el poderoso instinto sexual? ¿Qué es “lo sutil” de la energía sexual? ¿Qué tesoro arquetípico se esconde detrás de lo compulsivo y reducido de la sexualidad genital? ¿A qué recurriremos para encontrar modelos saludables y sostenibles de este tesoro?

Recurriremos a la Memoria Ancestral. Definamos entonces a que nos referimos con este término. El ser humano ha pasado más del 90% de su evolución en contacto con la naturaleza. Antes de nosotros, de nuestros abuelos y bisabuelos, hubo generaciones y más generaciones de línea genética que vivieron y supieron relacionarse con su entorno natural. Cada pueblo tuvo un “cómo”, una tradición diferente, dependiente de las condiciones de suelo, climáticas, etc. que los rodearan, desde donde reverenciaron el poder de la naturaleza exterior e interior. Estas tradiciones fueron trasmitidas de generación en generación, comenzando a desaparecer con la imposición de la cultura patriarcal.

¿Cómo operaban para modelar su vida instintiva las culturas que no eran regidas por la represión? Hoy en día tenemos acceso a estos conocimientos de la mano de tradiciones que creen que la vida en la tierra y en este cuerpo puede ser de otra manera, y que depende del trabajo interno de cada individuo. Desde la ecopsicoterapia se está llevando a cabo el estudio vivencial de estas tradiciones a fin de integrar algunos de esos “cómo” en su práctica psicoterapéutica.

El estudio de estas antiguas tradiciones ya ha dado algunos frutos, recordándonos lo sutil que pueden aportarnos. Así hemos podido comprender que la sexualidad:

  • Es la materia prima del disfrute, valor que pide a gritos ser recuperado en cada uno de los integrantes de nuestra civilización.
  • Es la fuerza creativa en sí misma, y se rehúsa a ser controlada. 
  • Es la energía de los polinizadores. 
  • El colibrí muere si es enjaulado, igual que la energía de la sexualidad.
  • Es la energía de la serpiente de la tierra, que solo se alimenta de vida.
  • Es la flor que se ofrece en su aspecto receptivo. 
  • Es una energía de tensión entre dos polaridades: femenina y masculina. 
  • Es la energía que nos revitaliza, nos regenera, nos transforma y enciende el deseo de vivir y disfrutar. 
  • Todo en la naturaleza es sexualidad. 
  • Está representada en los elementos de uso sagrado como La pipa y el mate, el tambor. 
  • Es también la materia prima para la espiritualidad conectada a la tierra y para los estados de éxtasis que permitieron a la humanidad las mas fabulosas visiones de una realidad más allá de la ordinaria, la dimensión transpersonal. 

Dicen los antiguos que nuestros órganos sexuales son nuestro primer cerebro y nuestro segundo corazón. No en vano eran devotos de su sexualidad y la consideraban un regalo del principio creador femenino. Este principio los ligaba en al amor a la tierra de donde provenía todo. Los antiguos de la Grecia antigua, de Nazaret, la antigua Europa, los cataros, los alquimistas, los hindúes, los chinos taoístas, los nativo americanos, todos sabían del poderoso uso de su sexualidad impersonal como materia prima para la elevación de las potencialidades humanas.

Desde esta visión el cuerpo humano vuelve a ser un templo y no un depósito de pecados, donde se vive la espiritualidad más profunda que es la sentida y no la abstracta o la que se ha de experimentar después de la muerte. Cuando el cuerpo vuelve a ser un templo pleno de sentir, el disfrute se encuentra adentro y no afuera, lo cual es revolucionario para nuestro tan deseado cambio cultural y ambiental. 

Parte del objetivo de realizar este trabajo de integración de los instintos es que el ser humano actual pueda vivir una Vida Viva. Quien vive de esta manera seguramente encontrará una grieta en el árido y limitante sistema actual, desde donde poner en juego de todas formas lo que su deseo y su alma le piden vivir. Siempre encontrará una grieta por dónde hacer nacer la vida sin dedicar tanta energía a la crítica al sistema, que finalmente es volver a otorgarle poder.

La tradición judeo-cristiana ha intentado convencernos de que los instintos son un monstruo incontrolable que daña a su paso todo cuanto el hombre desea construir. La propuesta de la ecopsicoterapia dice que en realidad cualquiera que fuera negado y excluido de la fiesta de la vida se transformará en un monstruo, pero sin embargo, en el momento en que le demos la atención que por su valor intrínseco debe dársele, se convertirá en nuestro más fiel aliado.

Y para finalizar, una frase de Erich Neumann: “Al experimentar el Yo su comunidad de naturaleza con el hombre maligno y mas abominable, con el hombre de presa primitivo, con el temeroso hombre mono de las selvas, madura en el algo decisivo, cuya falta ha hecho caer al hombre moderno en la catástrofe de su escisión psíquica y el aislamiento de su Yo: la vinculación con la naturaleza y la tierra.”

Teresita Domínguez

 

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Bibliografía:

J.O.Wilson Biofilia

E. Neumann Psicología Profunda y Nueva Ética

https://whitefelladreaming.wordpress.com/tag/geoff-berry/

F. Perls Hambre y Agresión

M. Foucault Sexualidad y Poder

J. Hillman Pan y la Pesadilla

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